Relatos Subterráneos – Capítulo 17

Capítulo 17 – Confusión en el andén

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Esta anécdota es un poco trágica, la contaré con harto respeto y espero que puedan reflexionar también. Estábamos en Plaza de Puente Alto, es el día siguiente del capítulo anterior, teníamos un turno tranquilo como día domingo, pero algo pasó. Sonó algo en el piso, un golpe fuerte, un silencio y una multitud alrededor.

Era una niña joven con sobrepeso, muy pasada en kilos, que se desmayó después de pagar su pasaje en el torniquete. Tenía mi edad, pero su rostro aparentaba más años. No recuerdo su nombre, pese a que varias veces pudimos ver su documento y nos referíamos a ella como tal, mis recuerdos a estas alturas son un poco borrosos.

Llegaron los vigilantes con la camilla. Después de comprobarle los signos vitales, estaba pálida pero viva. El problema de su sobrepeso fue un tema para nosotros también, ¡no lograba caer en la camilla! Los vigilantes, los guardias, Bernice, yo, unos pasajeros, todos…agarrábamos la camilla para que no se nos cayera en el camino. Fuimos derechito a la oficina de la jefa de estación.

La jefa llamó al SAMU, que es el servicio de emergencias, por teléfono nos pusimos a enumerar los síntomas, en ese momento siento cosas extrañas. Por una parte, es mi primer procedimiento real con una emergencia médica, a su vez siento que la jefa de estación está muy acostumbrada, ¡tiene una tranquilidad!… y yo me siento algo inútil, pese a que nos hicieron una capacitación sobre primeros auxilios, no me veo capaz de hacerlo, se me dan bien otras cosas, pero atender enfermos no.

– Jefa, ¿le traigo un vaso de agua a la niña para cuando despierte? – digo
– Sí, por favor, gracias Ariel

Mientras fui a buscar el vaso, la jefa ubicó el teléfono de la niña y llamaron a familiares, de ellos solamente contestó el pololo (novio), muy preocupado porque tenían que verse a una hora y ella no llegaba. Pasó harto tiempo, no sé cuánto, ¿45 minutos?, ¿1 hora? ¿2 horas? El SAMU nunca llegó, la niña de repente abrió los ojos y comenzó a balbucear algunas cosas.

La historia inicial se convirtió en una telecebolla de la que quedamos todos colgados. Trataré de reproducir algo similar, porque realmente no recuerdo todos los detalles (debí haber anotado estas cosas cuando hacía los turnos, pucha). Partiré diciendo que hasta que ella no despertó, ninguno de nosotros sabía qué razón pudo tener para desmayarse, no sabíamos si tomaba pastillas, si consumía drogas, si tenía una baja de insulina, no teníamos antecedentes para saber nada. La llamada con el novio clarificó un poco las cosas, porque ella sería una joven depresiva con problemas familiares y debía tomarse unas pastillas que probablemente no se tomó, o se las tomó y se desmayó por eso.

Ella, al despertar, negó que fueran las pastillas y dijo que era porque a lo mejor había comido mal, pues había salido apurada. Trató de bajarle el perfil a la situación. Llegó el pololo a la oficina de la jefa, así que estuvo con ella, le consultamos sobre si tenía el número de su familia pero nos dijo que ella se había ido de la casa, lo cual esta niña corroboró. Hasta aquí, todo nos cuadraba. Llamamos por procedimiento al SAMU otra vez para que vinieran y llevaran a la niña a un recinto asistencial, pues no era correcto que la tuviésemos en la oficina y no teníamos implementos para tratarla, tema aparte que la paramédico de Línea 4 está en Vicente Valdés.

En la llamada del SAMU, el pololo conversó con la persona que recepcionaba la llamada y comentó antecedentes que no sabíamos, además de que era depresiva, tomaba antidepresivos, tenía problemas familiares, el sobrepeso evidente y que había salido apurada, también tenía X enfermedad y tenía que tomar Y remedio que no se había tomado, que pensaba que podía haber una interacción entre ambas pastillas y… cuento corto, nosotros nos mirábamos las caras y ya no sabíamos nada, ¿por qué nos dicen una cosa y después salen con otros antecedentes?

El SAMU comentó que estaban con falta de ambulancias y que dado que ya estaba consciente y relativamente bien, tenían que reorganizar sus recursos para otras emergencias. El novio llamó a su jefa para que los viniera a buscar en un furgón utilitario. Su jefa, lejos de sentirse sorprendida o triste, se puso a bromear que “esa niña siempre quiere llamar la atención, siempre se desmaya“. Lo tomaba con rutina y hasta se reía de la situación. ¿Y nosotros? Más colgados, pues ambos habían dicho que era primera vez que se desmayaba.

Finalmente, de lo que recuerdo, fui a buscar la silla de ruedas a las dependencias de la estación. Me daba pena su situación, ¡tenía la misma edad que yo y tenía tantos problemas a cuestas! Por su estado no podía conversar con ella y darle fuerzas o ánimo para que siga adelante, pero si alguna vez lo lee, bueno, que sepa que la apoyo desde mi anonimato. Entre varios logramos subirla a la silla de ruedas, tomamos el ascensor y llegamos a la superficie.

Era de noche, nosotros perdimos totalmente la percepción del tiempo entre tanta confusión, en el ascensor bromeábamos con ella y con el pololo para sacarles un par de sonrisas, pues estábamos como sardinas. Ellos se reían, ya estaba más distendido el ambiente, nos dieron las gracias por todo y quedó el último cachito: subirla al furgón. ¿Ven que estos furgones utilitarios son más altos que los vehículos normales? Otra vez, tuvimos que subirla, porque sola no podía.

– Al final, después de todo jefa, ¿qué podemos decir que fue lo que le pasó?
– ¿Alguno tiene una idea clara?

Todos nos encogimos de brazos en la oficina, sería más fácil si las personas tuvieran un papelito en el bolsillo que diga algunas de sus enfermedades y contraindicaciones de medicamentos en estos casos, la información es clave.

– Por lo menos no se murió. Si alguna vez tienen a alguien con un paro, o con algo mortal, lo traen aquí a la oficina, nunca lo dejen en el andén o en mesanina.

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