Relatos Subterráneos – Capítulo 18

Capítulo 18 – Loca, loca, loca, te volviste loca y…

Plaza de Puente Alto - AS2002 R4404

Este es otro día bizarro, ¿recuerdan el anterior con la pasajera desmayada? Bueno, hoy me tocó ver una situación más delicada. Me habían asignado la estación Vicente Valdés, que es la que más me gusta porque tiene mayor flujo de público y debido a que conozco muy bien la ciudad, así puedo servirle a muchas más personas. Pero… algo empezó mal (o terminó mal).

Apenas llegué a mesanina para presentarme ante el jefe de estación, vi a un par de Carabineros tratando de esposar a una muchacha que gritaba y hacía alboroto. Me acerqué a uno de los vigilantes de Metro para entender la situación y me contaba que se había querido suicidar, pero que lograron detenerla y que ahora la deseaban llevar detenida, pues ése es el procedimiento.

Mirando con atención la chica se veía muy alterada, no sólo en cuanto a sus acciones, sino en su cuerpo, los ojos estaban como más grandes y tenía la cara más pálida. Desconozco los cambios fisiológicos que ocurren cuando hay drogas de por medio, pero no sería nada de raro que tuviese drogas. Lejos de sentir felicidad porque la llevan presa, me conmueve que las personas piensen en el suicidio como una forma de solucionar la vida, ¡hay otros modos!

Es cierto que casi todos los caminos de nosotros no nos conducen a la felicidad, pero me apena ver almas y personas así de lastimadas, cómo el ser humano maltrata a sus semejantes, yo no sé qué podría decirles, pero me gustaría llenarlos de amor y curarles sus heridas, la vida vale la pena vivirla y lejos de guardar rencor, uno debe aprender a no repetir los errores propios y ajenos.

Todavía no me presentaba a la jefa de estación cuando me llama el supervisor y me dice que vaya a Plaza de Puente Alto, porque le falta gente. En vista de que el ambiente de Vicente Valdés estaba enrarecido y todavía no llegaba mucha gente para el cambio de turno, le hice caso y me fui a la estación terminal de Línea 4.

Ay pobre chica 🙁 … ¿y el resto del día? Lo típico, como cualquier fin de semana en Plaza de Puente Alto, dentro de esas cosas tragicómicas uno de los torniquetes estaba malo y daba un pitido permanente muy molesto, como queriéndote decir “arréglame, arréglame, arréglame, arréglame, arréglame“, ¡cómo me gustaría saber arreglar máquinas para que te callaras y corazones para sanar vidas! Pero no puedo, nadie puede, sólo Dios.

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