Relatos Subterráneos – Capítulo 08

Capítulo 08 – Todo terreno

Metro de Santiago - Alstom AS2002 - Plaza de Puente Alto (Línea 4)

¿Han sentido alguna vez que les cargan la mochila en el momento menos oportuno? Hoy es sábado, me asignaron Plaza de Puente Alto -la última estación de Línea 4- y tengo que recuperar clases en la universidad toda la mañana con el mismo profesor, un señor muy amable pero tremendamente aburrido, con un ramo más aburrido todavía y tengo que ir por la asistencia a clases, si no seguramente reprobaré el ramo.

– Profesor, hay gente que trabaja los fines de semana, ¿no puede ser mejor que recuperemos las clases de forma parcelada en varios días? ¿Es necesario que estemos desde las 08.30 hasta cerca de mediodía de un sábado solamente en su ramo?
– Es justo y necesario

Mierda. Apenas dije “presente” y me anoté con las tres sesiones, me despedí de los compañeros de clases y corrí al Metro. Mostré mi credencial en estación La Moneda, bajé corriendo las escaleras y tomé el tren. En el mejor de los casos, me demoro poco más de 50 minutos. Heme aquí con un termo, almorzando en el viaducto elevado de Línea 5, mi boca mastica unos fideos con pollo que calentó mi mamá en la mañana mientras se ve el smog, un poco de los cerros de la Sierra de Ramón con nieve, los edificios de Ñuñoa y Macul, junto a unos árboles que se alzan tímidamente entre las construcciones.

Llego a Vicente Valdés, no alcanzo a dejar reposar la comida en el estómago cuando empieza la carrera olímpica de los 100 metros con obstáculos, me fui pasando cuánta persona se me cruzó, como camión sin frenos y motoquero en taco, dejé tiradas a las viejas velocirraptors agarra asientos, se transformaron en carritos de feria rellenos con sandías después de que agarré la escalera mecánica y subí como si me fueran a regalar un auto por ser el primero en el piso de arriba.

Entré al Alstom justo cuando cerraba las puertas, tan justo que quedó apretada una correa de mi mochila. Me desfasaba un segundo y también me agarraba quizás qué otra parte, ahí quedé pegado a la puerta hasta la otra estación. ¿Han hecho mucho ejercicio después de comer harto? Les confieso algo, es mejor que no lo hagan. Miro al techo y me pregunto: ¿Por qué Puente Alto? ¿No podía ser otra más cerca?

Saqué el jugo y apenas se bajó alguien me senté para descansar un poco. Iba a empezar mi turno en una estación nueva y estaba todo sudado. Me estresa pensar que me toca Plaza de Puente Alto por varios motivos: (1) varios colegas me han dicho que es una estación con público muy conflictivo; (2) está tan lejos de mi casa como Plaza Egaña y no sé si me toque cerrarla; (3) nunca he usado esta estación como pasajero así que no puedo guiarme por experiencias previas; (4) no sé casi nada sobre Puente Alto y sus lugares de referencia clásicos, me siento más perdido que el Teniente Bello en este lugar 🙁

14.25 horas. Tengo 5 minutos antes de que oficialmente inicie mi jornada y haga el relevo a mis colegas de la mañana. Saco mi mapa de la estación con sus recorridos, subo las escaleras para llegar al nivel de boleterías, ubico la oficina del jefe de estación pero en vez de entrar subo por las escaleras. Antes de ingresar quiero saber un poco más de la estación, ¿cuáles son los nombres de cada acceso/salida? Recorro toda la estación, imagino mentalmente la plaza y la ubicación de cada salida. La verdad no recuerdo mucho de lo que hay en superficie, cuando haya colación echaré un vistazo para tener mayor detalle.

– Buenas tardes, jefa. Me presento para el turno 2. Ariel Cruz, Asistente de Cliente. Primera vez en esta estación, en 5 minutos estoy listo con el uniforme. ¿Puedo dejar las cosas acá?

Conozco el camarín, me mojo un poco la cara y quedo con el torso desnudo en un momento. ¡Estoy sudado! Me echo desodorante y colonia, me pongo la camisa pero dejo un par de botones sueltos en la zona del abdomen. Encima la chaqueta roja y la corbata. ¡A trabajar! En la oficina de la jefa de estación hay tres personas: ella, quien sería mi compañera de labores hoy y el guardia de seguridad. Me presento con ellos y nos dividimos la estación, quedo asignado al arco sur.

Me explico, la estación tiene dos entradas/salidas al andén y, a la vez, estas salidas se ven como arcos desde la otra salida por la forma de construcción de las estaciones (NATM, para quienes quieran saber más). Cada arco recibe informalmente el nombre de su punto cardinal: arco norte y arco sur. El arco sur es el más relajado en términos de volumen de pasajeros porque se usa poco para ingresar al andén, la mayoría de las personas suelen salir por esta zona. Lo complicado es que es el único arco con ascensores que llegan al andén, entonces te tocan todas las personas con necesidad de este medio y a veces eso implica personas más mañosas.

En algún momento de la tarde tuve una fila esperando el ascensor: tres madres con niños pequeños y coches de bebé (y decían que Chile cada vez tenía menos tasa de fecundidad, jajaja), varios abuelitos (generalmente solos, aunque había un par de parejas) y personas con muletas.

– Oiga caballero, el ascensor huele a pipí (orina).
– Le avisaré a los auxiliares, muchas gracias por decirme

Busco visualmente a una auxiliar, me acerco y le comento sobre el mal olor de los ascensores. Me dice que está aburrida porque siempre es lo mismo, literalmente hacen de todo, los pasajeros pueden ser insospechablemente muy cochinos. Va a buscar unas cosas de limpieza mientras yo sigo bajando a las personas por el ascensor. De repente el ascensor se tarda un poco en procesar las órdenes pero baja igual. Detengo la fila un momento cuando llega la auxiliar para que lo limpie y aromatice.

– Caballero, ¿qué tren debo tomar para ir a Vicente Valdés?
– Tiene que bajar hacia donde está su mano derecha. El otro andén solamente funciona como terminal, nadie sube.
– Oh, ¡muchas gracias! ¿Y en Vicente qué debo hacer?
– ¿Hacia dónde va?
– Voy a Quinta Normal
– Cuando llegue a Vicente Valdés, debe bajar un piso y tomar el tren de Línea 5. Eso es todo

Sé que se le va a olvidar y va a preguntar de nuevo en esa estación. ¿Han notado esa costumbre del chileno -me incluyo-? Saber algo, pero tener que ir a preguntar para confirmarlo. ¿De dónde vendrá? Si ven a una persona consultando si el letrero está bien, ése es un chileno y no es que seamos tontos, pero somos inseguros, no queremos equivocarnos (o quizá no confiamos en los letreros, vaya uno a saber).

Desde el otro lado, Bernice me comunica los pasajeros con necesidades especiales que va derivando a mi acceso para que los vaya dejando pasar (pagaron su pasaje en el otro arco pero no van a usar las escalas para bajar). Yo voy anotando los trenes y las horas de salida mientras atiendo a todo este gentío.

– ¿Podemos pasar con el coche?
– Sí, marque la tarjeta y le abro el acceso

Un flaite -el papá- me lanza un vendaval de puteadas. Yo me quedo ahí, me entra por una oreja y sale por la otra. Que soy un policía frustrado (paco frustrado, en buen chileno), que defiendo los intereses de los empresarios y blábláblá. Ni recuerdo que me dijo pero aprovechó de saludar hasta a mi bisabuela por decirle que pagara primero antes de pasar con el coche de guagua (bebé). Finalmente paga, baja en el ascensor con su mujer, sus tres hijitas y el coche, obviamente sigue diciendo que mi madre es una santa.

Me sobran dedos en el cuerpo para contar todas las personas que trataron de evadir el pasaje en esta tarde. Fue un turno complejo, pero no me pareció tan desagradable la estación como me la habían contado. Bernice es una colega espectacular. Es una mujer de edad, debería estar jubilándose pero ha tenido algunas circunstancias personales muy dolorosas (no las diré aquí, pero tú que a lo mejor leerás esto por esas casualidades de la vida o eso espero ¡eres una grande y te recuerdo con mucho cariño!) y se distrae aquí, trabajando los fines de semana. Verla en el arco norte me serena de algún modo.

– Bernice, voy al andén para ver el tren 415 y buscar la clave.

Antes de salir a colación, Bernice me preguntó ¿cómo es que sabía cuándo llegaba cada tren? Le mostré la hoja con cada número de servicio, el horario de salida de cada tren. No divulgaré cuánto demora el tren en volver ni cómo determinar los horarios de las salidas siguientes, pero si me lo preguntan, desde mi humilde puesto de trabajo sé hacer eso y más a punta de pura observación 😉

Quedamos en que después de colación estaría en el arco norte para conocer cómo era y que cuando viniese un tren con una clave yo le avisaría por radio para que bajara. Es una colaboración algo extraña y amena porque es primera vez que uso estas hojas para hacer trabajo en equipo, lo cual sin duda es bueno.

La colación fue extraña. Compré un chocolate Trencito en uno de los puestos de comida que hay en la estación y me senté. En la oficina del jefe de estación saqué mi mochila del mueble, tomé un cuaderno y subí a la sala de colación. La jefa de estación y las auxiliares se habían puesto de acuerdo para hacer hamburguesas entre todas, así que mientras ellas comieron eso yo estaba estudiando para la prueba del lunes y comía de mi chocolate.

– Tengan provecho, ¡que sigamos con un buen turno!
– Gracias

Y aquí estoy, en el camarín, sentado, solo, estudiando. Me gusta compartir pero es incómodo ver comer a las personas. No es culpa suya que se pongan de acuerdo para cocinar juntos, es muy rica esa camaradería en las estaciones. Pero es incómodo para uno. Tema aparte, la prueba del lunes sería complicada y debía concentrarme algo. En el espejo, me veo algo ojeroso, no tan sudado como cuando llegué a la estación, un poco cansado.

Estas semanas serán muy complicadas. En mi universidad tienen la costumbre de hacer las pruebas finales en una sola semana y cada prueba equivale al 40% de todo el ramo en términos de nota. Entra toda la materia (o contenido del curso) visto en el semestre. Recuerdo que el primer año fue tan dura esa semana y dormí tan poco que un día pisaba nubes, me sentía en otra dimensión por las pocas horas de descanso (para mí fue placentero, pero no quiero exponerme a eso otra vez).

Para mantenerme estudiando y trabajando a la vez he sido muy metódico, tratando de repasar con semanas de anticipación y pensando en anticipar posibles problemas. En ese sentido, estoy tranquilo, sólo espero que a otro profesor no se le ocurra recuperar clases en los próximos sábados, voy a necesitar descansar para rendir y una mañana de sábado para dormir créanme que es sagrada.

Con Bernice cambiamos de lado y Plaza de Puente Alto se transforma en algo entretenido. Lluvia de preguntas, ¿cómo llego a Vicente Valdés? ¿en qué estación me debo bajar para ir al Costanera Center? ¿Cómo llegou a Riou Clarillou (léase a lo gringo)? ¿Viña Concha y Toro, dónde tomo el bus? Hay intentos de evasión también, pero se compensan con las buenas preguntas 🙂

– Atenta Bernice, en dos minutos más llega el tren 421 con una clave para que lo veas.
– Gracias, Ariel. ¿Todo bien en el arco norte?
Impeque (impecable), muy muy bien, ¡gracias!

Antes de quedar en este arco le consulté a Bernice las preguntas principales que podían hacerte y si podía darme algún consejo. Todo ha resultado de maravillas. Ella me cuenta que conoce muy bien la estación porque ha trabajado casi 2 meses aquí, en ese sentido cada pregunta sobre una calle o lugar de referencia la estoy derivando a ella por medio de la radio. Ha sido un tremendo apoyo.

Es una química extraña pero es como si hubiésemos sido compañeros de labores desde siempre, anticipamos los problemas y nos vamos mirando de arco a arco para comunicarnos por gestos en caso de que alguno necesite algo.

Llega el supervisor de nuestra empresa a la estación para recibir la retroalimentación y la firma de la jefa de estación. Después de saludarnos y consultarnos por nuestro día, nos comenta que uno de los dos deberá quedarse a hacer el cierre, así que debemos decidir. A mí me conviene hacerlo hoy, pese a lo cansado que estoy, prefiero tener más horas de sueño entre el domingo y el lunes, además que trabajando de alguna forma no me siento tan cansado. A Bernice no sé.

– Bernice, ¿te gustaría que yo hiciera el cierre hoy?

Aunque los dos tenemos trámites por hacer el día lunes en la mañana, al final quedamos con ese acuerdo. Hoy yo haría el cierre, le agradezco en el alma a Bernice que me haya dejado hacer esto. Mando un mensaje a mi mamá para avisarle, el supervisor me dijo que llegarían a buscarme así que no debía preocuparse.

El resto de la tarde/noche transcurrió rápido. Bernice se fue a su hora en uno de los trenes, llegó uno de los guardias de seguridad del turno de noche y con él nos fuimos poniendo de acuerdo para hacer el cierre de la estación. En las televisiones (que en conjunto hacen una pantalla gigante) del arco sur se escuchaba “Every little things she does is magic” de Sting. Hay varias buenas canciones pero deberían poner más, estar toda la tarde en el arco sur te pone loco porque te terminas sabiendo el orden de las canciones de memoria jajajaja.

23.03 horas. La estación está casi vacía y queda un minuto para que salga el último tren hacia Tobalaba. Llega una pasajera muy rápido, yo estoy en el arco norte. Es una mujer de unos veintisiempre muy buenamoza, busca la tarjeta Bip dentro de su cartera. Busca, busca, busca, se pone nerviosa, me mira, sigue buscando la tarjeta y sabe que el último tren está por salir. Está que explota de los nervios.

– Busque tranquila, si se apura no la va a encontrar nunca.

Trato de calmarla un poco, mira que buscar las cosas de forma acelerada sólo sirve para revolver el desorden y de eso yo sé jajaja. Ella sigue buscando desesperadamente la tarjeta con cara de “¡debe estar aquí esa condenada tarjeta!” Busca, busca, busca y nada… pasa el minuto cronológico que para ella debió ser como una hora, hasta que de la nada suena un Bip en el torniquete.

Nos quedamos mirando, ella y yo muy sorprendidos. Probablemente, la tarjeta debió tocar el fondo de la cartera y como justo estaba encima del lector del torniquete… pagó sin siquiera sacar la tarjeta. Bastó un segundo de mirarnos para reír a carcajadas, nos quedamos un buen rato riendo y con una expresión de ¿qué pasó aquí?

– Ve que es afortunada, ¡no tuvo ni que sacar la tarjeta!

Bromeamos un rato corto dentro del espacio de tiempo que tenemos, le digo que el tren se estaba por ir y me sonríe. La pasajera me abraza y se va, me desea muy buenas noches y baja las escaleras risueña.

Me asomo para verla entrar al tren, mira hacia arriba y nos despedimos. Veo que no venga más gente hacia mi arco, está todo despejado. El último tren da el aviso y se retira a hacer su trabajo de “tren escoba“. Mientras se va me quedo pensando en la anécdota, que cosa más curiosa y chistosa jajajaja, que tarjeta más oportuna.

Ahora solamente llegan los trenes desde Tobalaba, cada vez con más espacio en frecuencia y menos personas. Puente Alto es una de las comunas más pobladas de Santiago, tiene habitantes de todos los estratos socioeconómicos aunque la gente de clase más alta se concentra en las zonas cordilleranas o en condominios cerrados. Nosotros recibimos más a los estratos medios-bajos en esta estación. Existe una estigmatización de la comuna creándose una imagen de zona peligrosa y tiene apodos tales como “Puente Asalto“, pero ciertamente antes de ser parte de la ciudad era una zona rural y campestre, separada de Santiago. Las poblaciones llegaron después y meter a todos en el mismo saco es ser injusto.

Trabajar en Plaza de Puente Alto ha sido raro, pero vendré feliz a trabajar mañana. Es una estación especial y no es tan complicada como la pintan aparentemente. Antes de que llegara el último tren, aproveché de sacar mi cámara para retratar el andén con el tren apagado. Esta es una imagen histórica y memorable para un aficionado al tema jajaja.

Cuando llega el último tren, me salgo de los torniquetes y me quedo mirando hacia el andén. Veo el celular para revisar la hora y leo mi hojita para ver la programación por frecuencia que hice. Falta un minuto, saco la cámara disimuladamente, espero y hablo con el guardia de noche -sin que él vea la cámara-. Me quedo en silencio cuando llega el tren y grabo la llegada del convoy.

No lo quiero compartir, tampoco mostrar al mundo, es para verlo en un futuro como el símbolo de un sueño cumplido. Alguna vez quise trabajar en el Metro, por mi vocación y mis aptitudes académicas no voy a ser conductor de Metro, probablemente si estoy en algún puesto a futuro será jefe de estación (o idealmente jefe de línea, después de hacer carrera) debido a que me gusta más administrar y relacionarme con personas. Pero, ¿por algo se comienza o no? No me apuro, quiero aprender. A lo mejor termino trabajando en otra cosa con transportes, uno nunca sabe, lo que sí sé es que puedo decir que me di el gusto de grabar el último tren y estar trabajando en la estación terminal que lo recibía… jajajaja eso nadie me lo va a quitar.

– ¿Quién es Ariel Cruz?
– Yo
– Sube, ¡el supervisor te espera!

La estación está vacía, los pasajeros ya se fueron, las boleterías vacías, los locales comerciales cerrados. Me despido del guardia de noche y subo al acceso que me indicó. Veo una furgoneta y a otro supervisor. Voy camino a casa como copiloto, conversamos de su vida y la mía mientras le indico las calles para llegar.

– Un gusto, muchas gracias por traerme. ¡Que tenga buen turno!
– Un gusto también chiquillo, que descanses.

Creo que hoy me gradué de todo terreno, creo.

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