Relatos Subterráneos – Capítulo 09

Capítulo 09 – Interdependencia

Metro de Santiago - Plaza de Puente Alto

Mi mamá está en el supermercado, mi hermana anda haciendo labores de la casa y yo estoy acostado con un cuaderno en la mano, repasando las clases de la semana. En función de mis energías y mi tiempo disponible voy haciendo una planificación mental de lo que debo estudiar, las tareas y trabajos que quedan por hacer, junto con los momentos donde deberé descansar para reponer energías. Hay gente que anota todo eso en libretas, agendas, calendarios… yo no funciono así, no me da la disciplina de estar anotando todo en papeles, lo hago en la cabeza.

La ley de Bases Generales de la Administración del Estado dice… (…) Lyotard plantea que el posmodernismo es (…) El proceso administrativo consiste en planificación, organización, ejecución y control (…) la varianza y la desviación estándar…

Priorización. Esa es la palabra, me dedico con más energía a esos ramos que me gustan como Inglés Avanzado y Microeconomía, en el resto ando como mula de carga. Me esfuerzo, trato de entender, pero no me da para ponerle el 100%, no es que quiera menos a esos profesores ni que los valore poco, pero esto es así, las energías se vuelven más escasas, tengo que elegir a qué ramos me dedico más, concentrarme en las cosas que realmente quiero aprender.

Eso es lo otro, cada vez siento más lejana la universidad en el sentido de que me he vuelto más crítico de la institución. Las universidades no están para ofrecer una formación integral, tampoco son la cuna de intelectuales, los que estudian en ellas tampoco son sujetos extraordinarios, sus políticas estudiantiles tampoco son precisamente ejemplares. No es que yo haya entrado con mucha ilusión (es lo que menos tenía jajaja), pero me parece que es un sistema muy perfectible.

¿Por qué no tener un plan común y tener el resto de ramos con electivos o cursos multidisciplinarios? ¿Por qué encasillarse en una disciplina si vamos a compartir espacios de trabajo con un montón de profesionales de otras ramas? ¿No sería mejor tener una universidad más práctica (si queremos formar profesionales) o más libre (si queremos fomentar la difusión de conocimientos)? Me parece que además de educación gratuita debiésemos preguntarnos ¿para qué queremos educación?, digo yo.

Recuerdo haber ido a pedir un ramo extra en mi carrera anterior y que me dijeron: “se puede estresar mucho, piénselo bien“. Vamos, por favor, yo me conozco bien y mi cerebro no está de adorno, ¡quiere hacer cosas! La universidad es como alguien que te quiere dar de comer como si fueras un bebé (todo colado y listo para tragar), por eso amo el trabajo. Acá mi cerebro se activa, hago cosas diferentes, tengo que investigar (cosas que yo quiero), pensar por mí mismo, ayudo, me muevo, converso con personas, tengo presión, me siento vivo. ¿Por qué creen que las personas van a aprender “leyendo” algo pensado si todos aprendemos con emociones y sólo nos emocionamos cuando vivimos? ¿Qué tiene de universal (de ahí viene, universidad) algo donde te enseñan algo que unas cabezas pensantes estimaron que debías memorizar? Es cosa de ver las escuelas de economía, existen muchas escuelas de pensamiento pero en las universidades no se dan el trabajo de enseñarlas todas, si no unas pocas elegidas. ¿No ven el crimen que hacen?

– ¿Qué andas estudiando?
– Las etapas de lo que llaman proceso administrativo.
– ¿Y cuáles son esas etapas?
– Deja resumírtelo de un modo práctico. Antes de hacer cualquier cosa tú debes planificar hacia dónde vas (planificación), después de eso evalúas una estrategia basada en tus recursos para realizarlo (organización), te dedicas a ejecutar las acciones y dado que eres una persona metódica estableces indicadores o medidores para ver cómo estás avanzando (control). Ahora hay autores que plantean una quinta etapa de evaluación, donde… evalúas el proceso previo.
– Pero eso es sentido común
– Justamente, es tener dos dedos de frente (ser sensato).
– ¿Y te hacen estudiar eso?
– ¿Bromeas? Este semestre he tenido que leer decenas de libros con definiciones teóricas de cada parte del proceso. Lo chistoso es que yo me preguntaba cómo pulir cada proceso hace años, así que estoy viendo que alguien se aburría pensando lo mismo que yo.
– Pero tú no eres tan aburrido para escribir de eso, ¿o sí?
– No, sólo lo pensaba.

Creo que lo mejor de los libros es que te enseñan el pensamiento de otra persona, independientemente de que concuerdes o no, que encuentres útiles sus ideas o no, que sea alguien que te aporte algo nuevo o algo que ya hayas conocido. Pero no sé si se leen en la etapa correcta, ¿no sería mejor tener lecturas de este tipo cuando estás trabajando para contrastar tus teorías con la práctica? ¿por qué pensar en llenar a un niño de lecturas si no va a dimensionar lo que significan a menos que esté trabajando o viviendo algo donde pueda aplicarlo? Es como pasarle un martillo a alguien que no sabe que existen los clavos.

Comprendo que se debe tener una formación previa, que es bueno aprender teorías y tener una base donde enmarcar todas las cosas que se aprenden, de hecho suena bastante lógico. Pero, ¿de verdad creen que uno va a recordar todas esas palabras e ideas después de salir de la institución? ¿creerán que por leer algo se te graba en la memoria? ¿pensarán que ver unas letras en la pizarra es suficiente para aceptar algo como verdadero? Es un pensamiento un poco ingenuo, creo. Tanto que nos quebramos con la modernidad y los avances tecnológicos, nuestra educación sigue estancada en los modelos de fábrica jajajaja (minuto 06.50 del video de link, véanlo entero si pueden).

– Ya mamá, me voy, hoy no cierro así que llego como a las doce. Te quiero, ¡nos vemos!

Camino el kilometro que separa mi casa de la avenida principal, me siento en el paradero y mando un mensaje por celular para saber cuánto demorará el bus. El tiempo de espera a veces es muy irregular, he esperado entre 1 y 25 minutos. Salgo más temprano de lo que debería para evitar posibles imprevistos. Por fin, tomo el bus. A veces en el paradero se repiten las caras, ya reconocemos quienes son los que van a trabajar jajaja.

Llego antes a Plaza de Puente Alto, hoy traje mi mapa hecho a mano. En vez de ir a la oficina del jefe de estación me pongo a marcar unas cosas: Farmacia Roubillard, acá y dibujo un punto. Este negocio, en la salida de acá. Recorro la plaza tratando de absorber como una esponja, quiero conocerla bien para no depender tanto de Bernice o de la jefa.

– Ariel, ¿conoces cómo se llega a la Viña Concha y Toro?
– Sí, dile que salga hacia tu izquierda, en un paradero se detiene la Metrobus 74 y 81, ambas son celestes. Vale $600 pesos. Avísame si copiaste mal algo para decírtelo de nuevo.
– Todo muy claro, Ariel. Los pasajeros se fueron conformes, ¡gracias!

Estar aquí me relaja. Yo les digo que tengo que trabajar a presión de vez en cuando en esas ocasiones donde los pasajeros exigen cosas que escapan de mi alcance o se ponen pesados y debo aplacarlos, pero obviando esos momentos, acá me siento vivo. En parte, reconozco que me relaja también la camaradería de Bernice, es nuestro segundo día de trabajo pero pareciera que hubiésemos sido siempre un equipo cohesionado.

– Bernice, ¿tú ubicas en qué salida hay una farmacia que no es la Roubillard?
– Sí, dile al pasajero que mire hacia donde estoy.

Bernice va diciendo por radio las instrucciones y gesticula, nosotros nos quedamos mirando desde el arco sur. El pasajero sonríe y da las gracias.

– Todo muy bien, el pasajero entendió todo, ¡gracias!

Como es domingo y hay pocas personas, me dedico a jugar en positivo con los ascensores. Ustedes conocen mi hoja, para qué voy a describírselas de nuevo. Me entretengo ayudando a las personas, el arco sur es donde sale la mayor cantidad de personas, sobre todo las personas con más problemas para moverse: adultos mayores, personas en situación de discapacidad, personas lesionadas, viejas flojas o llenas de bolsas. Así que cuando queda un minuto para que llegue el tren, camino, apreto el botón del ascensor y sin nadie adentro dejo que baje. Así agilizo la salida de esas personas que van a llegar en el tren 🙂

En mi lado (dirección Tobalaba), hago lo mismo, apenas veo que termina de bajar el ascensor con pasajeros, lo hago subir para recibir a los pasajeros que pasan por este lugar. Sonrío y les ofrezco bajar por ascensor, pongo mi brazo en la puerta para que no los golpee ni cierre antes de tiempo, me despido de ellos y las personas se van felices.

– ¡Usted está aquí otra vez! – me dice una anciana
– Sí, segunda vez que me toca aquí en Plaza de Puente Alto – respondo sereno
– Ayer lo vi, haciendo esto mismo de dejarme en la puerta del ascensor. Tan amoroso usted, ojalá que lo dejen siempre aquí, nos alegra mucho a los pasajeros – comenta feliz
– ¡Muchas gracias! Es lo que trato de hacer siempre, me alegro que tenga resultados

Veo el celular y le comento que puede bajar tranquila. “El tren sale en 2 minutos más, así que no corra, ¿ya?“. Me gusta decirles cuánto falta para que el tren se vaya, así evito que corran por las escaleras o les digo que prefieran esperar al otro.

– Joven, sabe que mi niña tiene el pase escolar malo. ¿Dónde hay una oficina del Metro para que le den un pase nuevo?
– ¿Qué le pasó al pase?
– No sabemos, mírelo.

Veo el pase y lo reviso con detenimiento, tiene un corte pequeño en el medio. Recuerdo que cuando estaba en el colegio un compañero tuvo un pase escolar estropeado por un corte similar. Nos reímos de él como una semana porque ese corte era tan chiquitito y tuvo que cambiar el pase (ay Negro, que risa jajajajaja), debió ser pura mala suerte. Casi me largo a reír de nuevo, pero no me puedo reír de la pasajera (todavía).

– Ya, mira, tienes un corte chico acá. Este pase no te va a funcionar más. Lo que debes hacer es ir a la Junaeb para que te den otro. Debes hacer un depósito de $3.500 a una cuenta específica, esa la buscas por internet. Llevas tu carné de identidad, el comprobante de depósito, certificado de alumno regular y haces una fila larga. Se demoran como 20 días en darte el pase nuevo, por mientras te darán un pase provisorio.
– ¡Oh! Muchas gracias, te pasaste.

La señora y su hija se van. Bernice me gesticula para que vea la hoja.

– Ariel, ¿qué tren era el que se fue?
– Según la hoja, debió ser el tren 412, ¿por qué?
– Es que tuve una persona media borracha que iba a La Cisterna y se pasó.
– Estos abundan en los fines de semana, acá llegan varios.

La tarde se pasa rápido, llega un abuelito a reclamar que no le quisieron vender los boletos de adulto mayor.

– Señor, ¿tiene credencial?
– ¿Necesito credencial para que se vea que soy adulto mayor? Míreme la cara y las canas.
– Ya, yo entiendo eso, pero el Metro no. Mire, los dos sabemos que es adulto mayor pero no le venderán los boletos si no tiene credencial. ¿Le enseño cómo se saca?

Me queda mirando y termina asintiendo.

– Es súper simple. Usted va a una oficina de atención al cliente de Metro, hay una en Plaza Egaña y otra en Irarrázaval, pensando en que usted debe usar más las Líneas 4 y 5. Lleva una fotocopia de su carné acreditando su edad y una fotocopia del pago de su pensión. Con la credencial puede comprar 10 boletos y usarlo en todos los horarios, menos hora punta.
– ¿Y ahí me van a vender los boletos de adulto mayor?
– Sí, tiene que hacer eso. Se renueva cada un año.
– Sabe que paso todos los fines de semana por esta estación y primera vez que me dicen cómo se saca esa mierda de credencial. Las cajeras, los guardias, todos me dicen que no me venden los boletos y punto. ¡Gracias!
– Oiga, somos todos humanos y estamos aquí para ayudarnos unos a otros. Que a varios se les olvide es otra cosa, pero no me agradezca, hago lo que tengo que hacer no más. Para la próxima vez lo quiero ver con los boletos, eh.

Se va riendo el ancianito. Le dejo en la puerta del ascensor y le digo que tiene 3 minutos para alcanzar el tren. “Váyase corriendo como una liebre para que agarre asiento” le bromeo, sabe que el tren se va con hartos asientos en un día domingo.

– Bernice, ¿tú te ubicas en San Ramón? Yo recuerdo unas cosas, pero tú debes saber más. ¿En qué estación debería bajarse una pasajera para llegar a Observatorio con San Francisco?
– Hay varias opciones, pero la micro más tranquila es la G11. Dile que se baje en la estación San Ramón, tiene que combinar acá en Vicuña Mackenna.
– Oka, ¡muchas gracias!

Saco un papel y le anoto las instrucciones a la pasajera. Le explico cómo debe combinar en Vicuña Mackenna y le digo que puede consultarle a los hombres y mujeres de parka roja en caso de que se olvide. “Esa micro es de color azul, ojalá que le vaya bien” le comento antes que se vaya.

Bernice se va a quedar al cierre de la estación, me despido de ella con un abrazo y le digo que ojalá nos toque juntos de nuevo en el otro fin de semana. Busco mis cosas donde el jefe de estación y me felicita.

– Ustedes dos funcionan muy bien juntos, hace tiempo que no había un equipo tan fluido de asistentes en la estación. Voy a decirle a tu supervisor que me los deje fijos acá.

Los seres humanos no somos islas (o no deberíamos serlo), somos interdependientes. Las estaciones son verdaderos equipos y nuestro trabajo es brindar servicio. Hay distintos estamentos o funciones: jefe de estación, guardia de seguridad, asistentes de cliente, asistentes de andén, cajeros y cajeras, auxiliares y otro montón más en estaciones más grandes. Si en una estación cada uno se dedica a hacer su labor y no hay liderazgo por parte del jefe, hay un ambiente tenso y no hay comunicación entre las partes, se me imagina que destruyen más que construyen.

A veces por hacer nuestro trabajo o concentrarnos en nuestra labor se nos olvida la razón del porqué hacemos las cosas o qué es lo que explica que exista nuestra labor. No se nos debe olvidar que somos humanos, no robots, y que no tenemos porqué saber todo.

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