Relatos Subterráneos – Capítulo 21

Capítulo 21 – Los cambios, las cosas

Metro de Santiago - Relatos Subterráneos

Hoy pasaba por Baquedano y pensaba en cómo las cosas han cambiado. Creo que ya les conté antes, que al principio, después de un par de semanas trabajando en las estaciones, de a poco me iba transformando. Dejaba de ser “usuario” y pasaba a ser “trabajador”, las claves que salían en megafonía dejaban de ser un misterio, podía sentir el terror de escuchar una “avería” en el tren que venía antes que el mío y ver las caras de los pasajeros como si nada.

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Hoy me pasó algo así. Estaba en Baquedano, haciendo la combinación. Porque bueno, ¡ustedes saben cómo es la combinación! Yo se las recito porque me la conozco de memoria. Uno llega en el tren desde Vicente Valdés y existen dos grandes alternativas, entras en unas escaleras donde hay unos arcos de ladrillo (que es lo que hacen todos, en foto abajo) o vas adonde están los primeros carros del tren y subes por una escalera que antes nadie tomaba (ahora, la toma mucha gente, copiones ¬¬). Bueno, ustedes sabrán que uso más la primera escalera (en foto arriba).

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Uno se toma del pasamanos que tiene cobre (una de las formas que tenemos los chilenos para destacar sus propiedades mata bacterias) y va subiendo a paso de hormiga, porque siempre va una abuelita, una gordita, un señor con maleta, un niño chico, siempre hay alguien lento o alguien que va en sentido contrario jajajaja. Los que van por los arcos, llegan a un enorme área común donde hay muchas obras de Metroarte, que son como retratos y pinturas varias, unas bien bonitas, otras medias raras.

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Esa pintura me gusta, un día me paré a leer quiénes habían hecho cada cosa, porque uno las ve pero nunca se detiene a mirar quiénes fueron los afortunados. En este caso, era un grupo de niños del colegio Shirayuri. Un saludo a Rodolfo Sashing, Patricio Stefani, Claudio Palma, José Luis Escobar y Felipe Valderrama, ya deben ser bastante grandes y peludos. ¡Esto es cuando el Metro era bonito y se preocupaba de las personas!

Hacían las líneas de Metro, ponían obras de arte de niños, pasamanos de cobre, estaciones hermosas, cada estación tenía su detalle… hoy pasé por Cristóbal Colón, una estación que hicieron a la rápida para inaugurarla antes de una elección. Unas mujeres que trabajan limpiando estaban con una escoba pasando trapo a las cerámicas de la estación, para disimular la humedad. La estación tiene filtraciones y goteras por todas partes, el andén va repleto de baldes y el conductor del tren advierte a los pasajeros que la estación está mojada. Los cambios, las cosas. Ya no hacen estaciones para personas (al menos, no con el mismo esmero), sino estaciones para masas, para personas con cabeza de signo peso.

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Cuando subo por la escalera, quedo en un puente donde puedo ver los trenes. En los años de enseñanza media, cuando tomaba fotos del Metro y me alegraba cada vez que tomaba estos trenes, a veces me quedaba a ver cómo pasaban. ¡Tanta gente que no puede ver y yo tengo la bendición de poder disfrutar de mi vista! La otra gente no, ellos pasan por esa plataforma donde están las obras de arte y siguen una escalera larguísima hacia arriba. En estos tiempos, a veces hay Asistentes de Cliente, a veces hay personas que cargan celulares, a veces se ve el Jefe de Estación.

Ahora ya no veo lo mismo, me pongo a ver dónde disponen a las personas en la estación. De repente, veo una señora perdida, se le nota la cara de perdida. Veo que no hay ningún Asistente de Cliente, así que me acerco y le converso como si estuviera con el uniforme.

– Usted, ¿necesita algo?, ¿la ayudo?
– Es que… no sé cómo combinar, me perdí.
– No se preocupe, conozco esta estación de memoria, ¿hacia dónde va?
– Voy a Mirador, pero no sé por dónde hay que bajar.

Nadie me paga, nadie me va a felicitar, pero si yo trabajo en esto no es por plata, es porque me gusta. Acompaño a la señora que ya tenía su edad, me pongo a conversarle para que no se sienta insegura y le voy explicando un poco de la estación, así como lo hice con ustedes jajajaja.

– En esa escalera debe bajar, usted toma el tren y llega a Mirador, no necesita nada más.

La señora quedó feliz, me dio las gracias y bajó. Yo miré el reloj y vi que me había tomado menos de 5 minutos. Alguna vez pensé que un trabajo ideal para mí sería hacer de guía en el Metro jajajaja, ponerme en un lugar donde siempre se pierda la gente e ir llevándolos adonde tienen que ir, porque en el Metro los perdidos sobran. No sé qué será de mí, pero me gustaría trabajar acá en Baquedano, ¡debe ser genial trabajar en una estación tan complicada y con tanta gente!

Pero se me revuelve un poco el estómago con ciertas cosas, ¿y si siempre fuese Asistente de Cliente? ¿Estaría condenado a vivir del mismo bajo sueldo por el resto de mi vida y andar cambiando de empresa cada 4 ó 5 años? Es injusto, podría estar una década trabajando para el Metro, pero nunca sería del Metro ni podría elegir siquiera la estación donde me gustaría trabajar. Pensar que antes los guardias y cajeros eran del Metro, ¡antes podías hacer carrera! Ahora ni Santa Isabel te conoce… tan re fea que es esa estación jajajaja.

Baquedano… quizás, si Dios lo permite, algún día trabajaré ahí, mi estación soñada, ese caos que conozco de memoria.

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